Escrito por el abril 26, 2023

NCS DIARIO/OPINIÓN

La Cuarta Transformación y el PRI: la disputa ideológica

Inosente Alcudia Sánchez

Hace varios años, en las habituales charlas de café, propuse que la derrota definitiva del Partido Revolucionario Institucional (PRI) provendría de una organización que consiguiera arrebatarle los símbolos históricos y políticos con los que la mayoría de los mexicanos nos identificamos o guardamos alguna afinidad. Para evadir el calor de estos días, vuelvo al bosquejo del tema.

Después de casi ganar la elección presidencial de 1988, el Frente Democrático Nacional (FDN) dio lugar a la creación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) que se alineó a la izquierda del espectro político nacional. El PRI recuperó el centro político y a los lados de la avenida ideológica lo acompañaron el Partido Acción Nacional (PAN) y el PRD. Las organizaciones políticas menores, con registro de partido, se alineaban con alguno de los tres, dependiendo de intereses y coyunturas.

Doce años después del casi triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas encabezando el FDN, el PAN consiguió ganar la Presidencia de la República; pero, aunque repitió con apuros la victoria en el 2006, lejos estuvo de consolidar la derrota del Revolucionario Institucional: el PRI siguió fortalecido en sus feudos estatales y municipales; mantuvo presencia vigorosa en los poderes legislativos estatales y federal; sus cuadros tecnocráticos permanecieron en la definición e instrumentación de políticas públicas; y, en general, la organización político-electoral-ideológica priista no mermó sus capacidades y en 12 años recuperó la Presidencia de la República.

Entre 1998 y 2018 el centro “progresista” priista y la derecha panista experimentaron una especie de hibridación: el liberalismo social, primero, y el liberalismo a secas, después, crearon un marco de coincidencia pragmática y programática que restó valor a lo ideológico-simbólico. Gracias a su plan de gobierno, Salinas obtuvo pronto la aprobación panista y los siguientes relevos en la Presidencia de la República no significaron mayor sobresalto para lo que en algunos círculos políticos se empezó a denominar “prianismo”. En el PRI, la hibridación alcanzó su cúspide con la designación de José Antonio Meade como su candidato presidencial en el 2018, un tecnócrata que sintetizaba el modelo ideológico y de gestión pública prevalecientes.

Después de recorrer todos los municipios del país, Andrés Manuel López Obrador constituyó, en 2011, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). No fue fruto de una epifanía: a López Obrador le quedó claro que para alcanzar sus objetivos (cambio de régimen, el principal) tendría que seguir un camino distinto al de la tradicional partidocracia mexicana: el sistema de partido hegemónico prevalecía, bicéfalo quizás, pero poderoso. Los resultados del 2006 se lo hicieron ver y los del 2012 se lo ratificaron: sólo una gran alianza, como la del FDN, sería capaz de imponerse a la “mafia del poder” que se había enquistado en la superestructura política. No era con el PRD con el que podría acometer la gesta, ni siquiera toda la izquierda unida sería suficiente para conseguir la meta: más que un partido o un “frente”, el concepto sería el de un “movimiento”, tan amplio y tan incluyente como un Arca de Noé, en el que encontraran lugar todas las aspiraciones y demandas no atendidas por el régimen prevaleciente.

La reinvención ideológica priista iniciada con el salinismo se fue diluyendo hasta dejar al PRI (y a sus gobiernos) en los puros huesos ideológicos. La mercadotecnia asentó sus reales entre los modernos prianistas y el nuevo discurso se basó en la lógica de olvidar errores pasados, negar o disimular daños e insuficiencias del modelo neoliberal y vender la oferta de un mejor porvenir. En términos futboleros, digamos que entregaron dos tercios de la cancha y apostaron al balonazo y al desborde. Que les funcionó en el 2012, al vestir a Enrique Peña Nieto con el ropaje de lo mejor de la modernidad.

Para López Obrador fue relativamente sencillo construir un discurso que reivindicó los agravios de tirios y troyanos y dio cauce al entusiasmo de, prácticamente, todas las corrientes políticas. El candidato López Obrador encabezó el movimiento más pragmático que hayamos conocido en México: no había tiempo para la construcción ideológica, así que el esquema fue sencillo: rescatar lo mejor de nuestra historia sintetizada en los libros de primaria y asumirse como el nuevo adalid de los imperecederos principios, valores, aspiraciones, sueños y miedos que revolotean en la conciencia colectiva del mexicano.

De 2018 a la fecha hemos atestiguado, en este marco, un proceso de transfiguración: la Cuarta Transformación es, en realidad, la construcción del régimen priista que siempre quiso edificar Andrés Manuel López Obrador, el del nacionalismo revolucionario, el del Estado rector de la economía y benefactor de los grupos sociales sin acceso a los frutos de la modernidad.

El PRI encarnador del movimiento y las causas revolucionarias, no tiene lugar en el nuevo régimen que reivindica, precisamente, el conjunto eidético del viejo discurso priista. La hibridación prianista, vigente en los procesos electorales del EDOMEX y Coahuila, ubica al PRI junto al PAN, hermanados por el eslogan y el adversario, en la acera derecha, mientras la 4T avanza ocupando todo el centro de la política.

Hay hechos tangibles: por ejemplo, la multitudinaria conmemoración de la nacionalización de la industria petrolera fue expresión de la nueva fuerza hegemónica apropiándose de uno de los mayores símbolos priistas. Y así, el presidente López Obrador, líder y guía espiritual de la Cuarta Transformación, gobierna desde la prédica de lo mejor de la historia del país, de sus mitos y de sus emblemas, para vestir de ideología un proyecto de nación que él espera se prolongue mucho más allá de su sexenio y sea continuidad de la transformación ¿Revolución? interrumpida por el periodo neoliberal.

En la confrontación de modelos políticos-ideológicos, la derrota del PRI en el EDOMEX es un paso indispensable para la consolidación de la Cuarta Transformación. Y parece que el PRI no tiene cómo defenderse. Hace tiempo sembró mercadólogos en las tumbas de sus ideólogos, cambió la reflexión histórica-política por la investigación de mercados.


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