Escrito por el abril 17, 2023

NCS DIARIO/OPINIÓN

El Tren Maya en Calakmul: Turismo y Ecocidio

Inosente Alcudia Sánchez

Era imposible que tremenda desmesura pasara desapercibida: la construcción, a cargo del Ejército, de un hotel en la zona protegida de los bosques de Calakmul es un hecho inverosímil; que quien realiza tal exceso sea el propio gobierno, otorga rasgos surrealistas al asunto. Sí, el desatino de edificar 160 cuartos de hotel en medio de la espesura y al lado de una “aguada” que contribuye a saciar la sed a quién sabe cuántos animales, es una nota que merece “ocho columnas” y que nos pone a los mexicanos como ejemplo mundial de lo que no es la sostenibilidad ni el turismo amigable con el medio ambiente. Como si se tratara de una acción deliberada para agredir, ofender, atropellar, el Tren Maya materializa su idea de progreso con un proyecto que violenta el frágil perfil ambiental de la región de Calakmul, una zona con limitada capacidad de carga ecosistémica y vulnerable a los impactos del turismo masivo.

Es casi seguro que la construcción de un hotel en medio de la reserva ecológica de Calakmul no fue idea del presidente López Obrador. Tampoco creo que haya sido un aporte de alguno de los ingenieros militares que, para su fortuna, han dejado de lidiar con criminales y ahora amedrentan ambientalistas y aplican sus conocimientos para edificar un centro de hospedaje y no una barricada. La idea -y el proyecto- de construir un hotel de 160 habitaciones a unos cuantos kilómetros de la antigua ciudad maya de Calakmul proviene, me parece, de algún prestigiado consultor neoliberal.

Según mi teoría, compartida por más de dos amigos, solo a un capitalista recalcitrante podría ocurrírsele violentar todas las regulaciones ambientales y poner en riesgo un invaluable patrimonio cultural y natural, a fin de conseguir sus objetivos económicos. La agresión que está perpetrando el gobierno de la cuarta transformación contra un patrimonio de la humanidad es explicable, quizás, con los resultados de estudios financieros elaborados sobre quién sabe qué datos. Eso sí, los genios del turismo neoliberal, que seguramente alucinaron un desarrollo del tipo Xcaret, convencieron a las autoridades de que la única manera en que un hotel genere utilidades en esa zona es vendiendo habitaciones a un lado de la aguada donde van a beber jaguares y faisanes, jabalíes y chachalacas. Desde luego, no descartemos que el proyecto hotelero contemple una alberca con cascada, a pesar de la perenne carencia de agua.

Llevan muchos años, autoridades locales y pobladores, en el sufrido esfuerzo de conservación y aprovechamiento responsable de la región de Calakmul. Ha sido larga la lucha contra la cacería furtiva, la extracción de especies endémicas, la tala ilegal, los conflictos socioambientales con el Área Natural Protegida. Así, desde su declaratoria federal como reserva ecológica, nadie consiguió el milagroso permiso para vulnerar con una construcción comercial el núcleo del área protegida. Empero, creo que ese hotel batallará mucho para que su operación alcance el punto de equilibrio y genere utilidades. Creo, eso sí, que con los recursos públicos que demandarán la construcción y los subsidios al negocio hotelero, se podrían financiar varias obras de equipamiento que aumenten el valor turístico, tanto de la reserva como de las comunidades con recursos naturales susceptibles de aprovechamiento sin afectar la biodiversidad. Estas obras serían complementarias del Tren Maya, significarían un aporte al desarrollo sustentable de la región y se traducirían en ingresos y bienestar para sus habitantes.

Entiendo que la construcción del hotel en la reserva de Calakmul, que presumiblemente será gestionado por la SEDENA, forma parte de una iniciativa que busca generar recursos para fortalecer las pensiones de los militares; pero, reitero, lo más probable es que sea un proyecto fallido y tenga que operar con subsidios públicos; es decir, sin producir las rentas que robustezcan los fondos de retiro de la milicia. Creo, entonces, que el gobierno federal está a tiempo de detener el ecocidio («cualquier acto ilícito o arbitrario perpetrado a sabiendas de que existen grandes probabilidades de que cause daños graves, extensos o duraderos al medio ambiente») que representa esta “buena intención”, atemperar su conflicto con los ambientalistas nacionales e internacionales, contribuir a la gobernanza de la región y proponer una iniciativa de desarrollo enraizada en la colaboración de las comunidades.

Aunque me tachen de ingenuo, espero que en las autoridades responsables haya capacidad de rectificar y reconozcan que es en la conservación, en el cuidado de la naturaleza, en la preservación de Calakmul, donde radica lo más valioso de la oferta turística de la región. Además, los expertos del Fonatur saben, por ejemplo, que en el área de Centenario-Silvituc, a las afueras de la reserva, hay condiciones para impulsar un desarrollo turístico sustentable y de clase mundial. En tanto, el hotel en cuestión no será una raya más al tigre de la insensibilidad, sino que puede ser una mancha que termine de tiznar a todo el Tren Maya.

La anécdota: en su artículo del pasado miércoles (Milenio), Diego Enrique Osorno cuenta que en “la lejana Sonora, la dirección de Ecología y Turismo de Huatabampo, tuvo la idea de pescar todas las rayas posibles para cortarles sus aguijones y evitar que los piadosos paseantes sufrieran inconvenientes durante sus días mansos y santos por las playas de la región”. Dice Osorno: “La masacre de las rayas en Huatabampo es tan ecoturística como el megaproyecto del Tren Maya. La obra insignia del actual gobierno federal surge de la misma esencia huatabampense: Para que los turistas disfruten el bello paisaje del sureste mexicano es necesario destruir la selva… e invadir los pueblos originarios que la han habitado y conservado durante cientos de años”. Surrealismo mexicano.


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