Escrito por el noviembre 21, 2022

Apuntes sobre las marchas

Inosente Alcudia Sánchez

Desde los dos bandos la respuesta fue similar: los partidos de oposición se afanan en encontrar la manera de exprimir jugo político a la marcha ciudadana y, desde Palacio Nacional, el presidente arreció sus descalificaciones, convencido de que se trató de una manifestación de sus adversarios. Los líderes partidistas opositores afirman que, para ser consecuentes con la demanda ciudadana expresada en la manifestación del domingo 13, rechazarán la propuesta de reforma electoral del presidente López Obrador. Los partidos se envuelven en la bandera de la demanda popular y asumen la defensa de una causa social más bien política.

Como se sabe, la Sociedad Civil se moviliza por motivaciones precisas: a la multitud o al grupo lo reúne el instinto gregario, el dolor compartido, la amenaza común que obliga a juntarnos para vencer el miedo, para hacernos los valientes, para vernos fuertes. La marcha del domingo 13 fue válida para la causa que la convocó. Conseguido su propósito, anulada la reforma electoral, superada la amenaza y la preocupación colectiva, derrotado el tiranosaurio, la tribu se dispersa, retornan sus miembros al día a día, a sus ocupaciones y aflicciones que los definen individuo, persona, un singular en la pluralidad.

La energía social de los millones (diversos, plurales) que salieron a manifestarse no es transferible en automático a un dirigente, ni se transforma en simpatías políticas. Recurrir a la bandera de “defensores de la democracia” para intentar ganar la empatía civil será de muy poca rentabilidad electoral para los partidos de oposición. Aunque la marcha reivindicó una causa de carácter político-electoral, será muy difícil darle continuidad en la agenda partidista. Esto lo advertirá pronto Claudio X. González quien, desde su organización, intentando darle organicidad y continuidad al movimiento, lanzó una convocatoria nacional para elaborar una propuesta de plan de gobierno.

Sin duda pueden ser muchas las lecciones de la marcha ciudadana, pero si la oposición se queda en el simplismo de “ha despertado la oposición, la 4T se derrumba, es el preámbulo de la derrota de Morena”, entonces habrá que regresar a los cursos básicos. Elemental: no será la Sociedad Civil quien prorrumpa a la batalla electoral. Se necesita mucho más que la alianza de partidos para darle consistencia política a la amalgama ciudadana. Y todavía no se ven los liderazgos ni el programa que seduzcan a la ciudadanía, que llegado el momento la haga ir a las urnas con la convicción de la causa común que la lanzó a la calle.

En el otro bando, el presidente López Obrador mantiene el apego a observar las cosas desde una ribera del río. En su perspectiva, los cientos de miles que se manifestaron contra su propuesta de reforma electoral son los adversarios de siempre. Desde su otra orilla, esa Sociedad Civil se divisa conservadora, aspiracionista, fifí, clasista, racista: en síntesis, ajena al concepto de pueblo que se conoce en Palacio Nacional. La pluralidad y la diversidad como componentes esenciales de nuestra vida en comunidad no tienen cabida en la estrategia de confrontación. El “pueblo obradorista” es una especie de tribu elegida con la que los demás mexicanos compartimos el territorio… en constante disputa. Soy sincero, he leído a varios analistas y sigo sin entender el provecho de este furor presidencial por descalificar al “otro” y atizar el enfrentamiento. Hernán Gómez Bruera, simpatizante de la 4T, propone que después de la elección de 2021, AMLO se convenció de que la polarización era la vía para afianzar su movimiento.

Luego de discutir el asunto con amigos doctorados en política y psicología, aventuramos que debemos revisar la actitud presidencial desde una perspectiva socio-psicológica: la agresión persistente contra una parte cada vez más grande y diversa de la sociedad, desde la posición máxima de poder, es un “bulling” atemorizador. No se trata de afianzar la lealtad de sus fieles (“fortalecer el movimiento”); es una intimidación que busca inhibir, en quienes no son sus adeptos, la expresión de cualquier asomo de inconformidad. Por convencimiento, por conveniencia o por miedo, el presidente ambiciona imponer su visión e implantar el “modelo” de sociedad que, a su juicio, sustentará la Cuarta Transformación. Así, la marcha del 13/11 fue más desafiante que una movilización política: evidenció que un enorme segmento de la población no está adoctrinado y no comparte la visión de país promovida desde Palacio Nacional. El presidente no esperó ese tamaño de protesta: después de cuatro años de impulsar la “revolución de las conciencias”, el aspiracionismo (y todos los adjetivos que endilgó a los manifestantes) demostró que goza de cabal salud y está tan vigente como al inicio de su apostolado.

El presidente dará una respuesta simbólica a la marcha de la Sociedad Civil. Encabezará su propia caminata: irá al frente de sus conversos, que serán legión. El mensaje, para los suyos y los otros, será: aparte de nosotros, lo demás es marginal.

En el Tepetitán de mis memorias, el parque era el ecuador imaginario que agrupaba en dos polos a los tepetitecos: los que vivían río abajo y los de río arriba. “Abajeños” y “arribeños” (así se nombraban) habitaban el mismo territorio, pero la ubicación los asignaba a un bando que nadie había elegido y que los comprometía en una disputa sin fin, que quién sabe quién originó. Era una comunidad enfrentada en dos facciones, a pesar de ser los mismos. Abajeños y arribeños eran agua y aceite. Compartían todo, empezando por el gentilicio, pero había una línea imaginaria que los hacía diferentes. La marcha del presidente me devuelve al Tepetitán de mis memorias, abajeños y arribeños mostrando músculo. Lógicamente el presidente ganará la competencia de movilizaciones: pero será un triunfo tramposo –y engañoso. Porque, parafraseando a Ítalo Calvino, en la marcha ciudadana no estuvieron todos los que son y, en la marcha de Estado, no serán todos los que estén. Lo que vimos el 13 es la punta del Iceberg. Lo que veremos el 27 será escenográfico, una puesta en escena.


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