Escrito por el noviembre 2, 2022

Tepetitán

Inosente Alcudia Sánchez

En un recodo del río, bordeando los barrancos que por siglos ha horadado la corriente eterna que desciende desde los altos de Chiapas, se extiende un conjunto de casas de mampostería y techos de láminas de zinc que, alguna vez, fueron de tejas rojas europeas. Las casonas originales se han venido abajo por el peso del abandono, así que cada vez son menos los vestigios de su larga historia.

En su parte más amplia, Tepetitán es cruzado por tres calles. Acotado por el río, al frente, y por los pantanos, detrás, se asienta sobre un delgado borde de tierra firme que cada año se salva de las bestiales crecientes que convierten en océano de agua dulce a toda la región. Sus habitantes se ocupan en el comercio, en la pesca y, quienes tienen, en el aprovechamiento de sus terrenos pródigos, fertilizados naturalmente gracias a las crecidas anuales. En las últimas décadas, la industria petrolera ha alterado los modos de vida de las comunidades aledañas, pero el pueblo, en general, mantiene sus costumbres y formas ancestrales de convivencia. Tepetitán es uno de esos pueblos sentenciados a no desaparecer de la faz de la tierra y, al mismo tiempo, a languidecer en el atraso perenne.

A ese pueblo de rutinas y tristezas infinitas arribaron los abuelos. Llegaron por el río, siguiendo la huella de familiares que llegaron antes, o porque hasta ahí los dejó el barco en el que transbordaron en el puerto de Frontera. Madre es tepetiteca. Nació en una de las casonas que resistió el acoso de las huestes “garridistas”, pero que no aguantó la carga de tristeza y soledad que castiga a los pueblos sin futuro.

En los años de infancia de madre, Tepetitán tenía una iglesia hecha y derecha, como las de todas las comunidades católicas de esos años, con sus torres altas y su retablo adornado desde el que la virgen bendecía a sus feligreses. La santa patrona es la virgen de La Asunción y, salvo en los tiempos de los “camisas rojas”, siempre hubo feria a mediados de agosto para celebrar y cumplir los ritos religiosos.

Las huestes de “comecuras” tenían patente para irrumpir en cuanta casa quisieran, a fin de confiscar las imágenes religiosas que encontraran y hacer con ellas una pira en el centro del pueblo como prueba de sus avances en la “campaña desfanatizadora”. Mi abuela Esther, para evitar ser víctima de aquel descarado saqueo de valiosas piezas religiosas, colocó en su recámara una pared falsa atrás de la cual se escondía su altar con las reliquias católicas de su veneración. Ella consiguió así mantener a salvo su patrimonio sacro, pero la iglesia y la virgen de La Asunción no corrieron con la misma buena suerte.

Un día, aquella especie de Comité de Salud Pública decidió erradicar de raíz el centro de devoción y, al tiempo que prendió fuego al templo católico, arrojó a la corriente del río la estatua de la virgen tallada, como todas las esfinges católicas de ese tiempo, en preciosa madera africana. Milagrosamente, la estatua fue rescatada río abajo y regresada por los creyentes a los restos chamuscados de su santuario. Ahí fueron de nueva cuenta los censores y para asegurar el no retorno de la santa imagen le ataron al cuello pesadas rocas y la arrojaron en medio del crecido caudal del río. Pero la historia de los pueblos se construye de milagros y la sagrada imagen amaneció flotando entre los sauces inundados que estaban poblados de iguanas verdes. Devolvieron a la virgen a su templo carbonizado y volvieron los sacrílegos a secuestrar la imagen. En esta ocasión la llevaron al centro del pueblo y, ahí, a la vista de impíos y creyentes, los profanos la emprendieron a hachazos hasta convertir en astillas, astillas sagradas, la bella estatua patrona de los católicos de aquella pantanosa región del mundo. Una vez convertida en trozos de leña, la enchumbaron de petróleo y la hicieron arder hasta que se redujo a un puñado de cenizas que igual fue tirado en las aguas turbias del río desbordado.

Años después, pasado el furor anticlerical, provenientes de un lugar del que no se guarda registro, arribaron al pueblo un par de artesanos ebanistas que, con base en fotografías que habían escapado de la censura religiosa, tallaron la figura de la virgen que en estos tiempos preside los festejos de agosto. El templo a nuestra señora de La Asunción nunca se reconstruyó y, en su lugar, se instaló un zaguán largo de láminas de zinc donde se reúnen los escasos católicos practicantes que no sucumbieron a los años de persecución religiosa.

A media cuadra de la iglesia está el parque principal y la histórica escuela primaria Marcos E. Becerra, la primera seguramente en esa zona de Tabasco, y a la que asistió madre con su uniforme de pionera garridista y en la que los pupilos eran recibidos por un gran letrero que afirmaba: ¡Dios no existe!

Casi a un lado de la escuela, está una de las cinco cantinas que alborotan desde temprano la tranquilidad del pueblo con sus rockolas que suenan a todo volumen. Si bien la persecución religiosa diezmó a la población católica, los años de Ley Seca no alteraron las preferencias alcohólicas del pueblo. En los años de la prohibición, mi abuelo materno se afanaba en hacer fortuna y no dejó pasar la oportunidad: se internó en el monte y armó algo que llamaban “alambique”, un destilador de alcohol portátil con el que, desde la clandestinidad, surtió la demanda de licor que asediaba la región de los ríos. Desde luego que fue perseguido por los moralizadores que ejercían las funciones de cuidadores de la salud pública, pero acabó el periodo especial y, por alguna razón de peso, “Los Intocables” de los popales nunca llegaron a tiempo para capturarlo. Cuando salió del monte y de la clandestinidad, el abuelo había acopiado suficiente capital para empezar un negocio rentable de comercio por barco a lo largo de los muchos ríos navegables que eran las avenidas por las que transitaba el progreso en aquella aciaga época.

El Puxcatán fue el barco que conocí y, creo, el último que esquivó los vados con su carga de barriles de petróleo, costales de azúcar, de arroz y de frijol, galletas y cajas de refresco, además de latería exótica y frascos con guisos, con que surtía cada mes las tienditas de las rancherías que se asentaban a la vera del río. El barco partía de Villahermosa y en una navegación de varios días llegaba hasta Salto de Agua, en Chiapas, desde donde retornaba vacío de abarrotes, pero cargado de cochinos, gallinas, huevos, racimos de plátano, calabazas y yucas, mangos y aguacates, y cuanta fruta o verdura de temporada fuera susceptible de vender en el mercado Pino Suárez de la capital de Tabasco.

Algún valor estratégico tiene Tepetitán que dicen existe desde antes de la Conquista. Supuestamente, Hernán Cortés lo menciona en alguna de las crónicas donde narra su incursión río arriba, pero, curiosamente, no es una comunidad de población indígena. Por el río llegaron los foráneos que se emparentaron con los locales que también eran foráneos que habían llegado antes: el número de sus habitantes se mantiene estable, en alrededor de 1,500 personas, porque es un pueblo que expulsa a su gente y los devuelve a regarse por el mundo.

En esta región la naturaleza fue arrasada y por el río salieron la madera y el chicle: en mi niñez alcancé a ver los restos de una angosta vía férrea que desembocaba en un barranco, desde donde se echaban al agua las grandes trozas de caoba y cedro y demás especies preciosas que llegaban hasta Europa o Estados Unidos. No hay selva más devastada que la de los rumbos de Tepetitán y el furor ganadero llevó, incluso, a intentar secar los pantanos para ampliar las fronteras de pastizales. Pero el pueblo es el pueblo y, en la feria de agosto, los tepetitecos festejan a la virgen y olvidan por unos días la soledad endémica que los hace aguardar el arribo de los foráneos que de vez en cuando anuncian con su canto los pájaros carpinteros.

Una madrugada húmeda de octubre de 1866, don Pablo García salió de Tepetitán, después de haber organizado las “Fuerzas expedicionarias sobre los Estados de Campeche y Yucatán”, para enfrentar y vencer a las resistencias imperialistas. Ya el mundo era chico desde esos tiempos.


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