Escrito por el octubre 3, 2022

Apuntes de uno más que recorre los transitados caminos de la melancolía


Ahí nada más, a la vuelta de la esquina, muy cerquita de la nostalgia quedaron aquellos años en que el mundo todavía no se inventaba e iniciábamos el camino que, con todo y tropiezos, nos trajo hasta aquí, a estos impúdicos tiempos de tragedias nuevas y anhelos viejos. Cursamos el bachillerato y la aventura de tomar conciencia, en medio de un río revuelto que nos arrastraba hacia la izquierda de una avenida equis que, años después, descubrimos no conducía a ninguna parte. Éramos un puñado de empedernidos de la esperanza, de incipientes atrabancados de los sueños que, entre café y cerveza, entre desmañanadas y desvelos, erigieron un andamiaje de afectos e ideales que, décadas después, sigue en pie imbatible y es faro en la travesía, norte del Ítaca que alienta los empeños de cada jornada.

Tampoco estuvimos siempre juntos, no compartimos las mismas cantinas ni perseguimos las mismas quimeras. Descendientes de alguna babel equivocada, como en el Caballero Inexistente de Calvino, éramos los que “no estábamos pero que sabíamos que estábamos” y nos encontramos sin atrasos en un texto, una avenida, una canción, en el hábito de cultivar esperanzas. Sin la brújula del internet y con el equipaje ligero de testarudos caminantes, nos inauguramos en el arriesgado juego de la vida. Con inquietudes e ilusiones que avivaban los insomnios, creíamos al mundo asequible, a la mano de nuestros ideales que ahora sabemos eran mínimos, más fruto del entusiasmo que de las certezas. Allá, muy al sur de la memoria, dejamos dos lugares contrastantes: la siempre inconclusa ciudad de los inmortales, que atrapara a Ulises, y la de los prodigios que nos contó Melquiades.

Aprendimos a usar condones al mismo tiempo que computadoras, porque de pronto el amor se complicó y para el sexo no fueron suficientes las penicilinas ni los versos de Benedetti. También garabateamos ensayos, poemas, cuentos. Todo era teoría, menos la fraternidad, el aprecio terco invulnerable a prueba de desencuentros. Imaginamos, creamos, nos desengañamos y volvimos a soñar.

Entonces, cuando la vida empezaba, no había celulares porque eran innecesarios: el mundo era pequeño y los amigos siempre estaban en cualquier esquina. Entendimos que el planeta es una nave espacial donde todos cabemos, los otros y nosotros, caníbales absolutos en el juego de la competencia, siameses inevitables en el regocijo de hacerse daño. Sin sobresaltos dejamos atrás la frontera de un siglo aterrador y, de pronto, casi sin darnos cuenta, los años habían transcurrido, inmersos en memorándums y oficios, nómadas sentimentales atrapados por el amor que es ciego y no tantea, arrastrados por la vorágine del día a día, aplicados a la ciencia del sobrevivir, enredados en la maraña de nuestro propio árbol de problemas, la modernidad pasó rápida y nos adentramos en la temida poshistoria.

El ventarrón de la subsistencia nos dispersó y emigramos poblando otros inhóspitos lugares con inevitables cargas de abandono. Fuimos creando nuestras propias islas de soledad hasta formar el archipiélago que es el inédito continente de los mismos antiguos afectos y las mismas nuevas coincidencias. Evocamos, cantamos, soñamos y nos dolimos. Huérfanos de verdades absolutas, asimilamos pronto que no siempre se es lo que se quiere ni lo que se puede. Hay amaneceres en que no nos reconocemos en el espejo, pero siempre vuelve el viejo sentimiento de solidaridad al que nos ata el aferrado inconsciente del deber ser, el verso petrificado de antiguas canciones, el romanticismo perenne de optimistas a ultranza.

La historia ha transcurrido con urgencia y, a veces, sin piedad; pero, seguimos adictos al olor del papel y, a pesar de la religión tecnológica, del infierno de la integración mundial, de los oficiantes del neoliberalismo, con todo y hematomas existenciales, aun guardamos más de una gota del humanismo original.

A bordo del tren de las novedades que en estos caminos se mueve lento, perdimos la capacidad de asombro ante las vicisitudes y las nuevas amenazas que se enseñorean sobre el futuro colectivo. Veníamos bien, o al menos eso creíamos. Transitamos la vereda de las cosas simples, nos entusiasmamos con sueños ajenos y a punto estuvimos de olvidar los nuestros. En lo que cabe hemos sido felices, muchas veces a costa de infelicidad ajena. Somos los mismos, acaso con una o dos ausencias, algunos dolores innecesarios, hijos que compensan desvelos y desengaños, con menos cabello y camisas que ya no son de manta, con cicatrices de golpes y caídas que, trofeos de la experiencia, nos recuerdan los reincidentes tropiezos con la misma piedra.

Hemos llegado hasta aquí cansados y cautos, con los rasguños inevitables en una sociedad polarizada, como cualquiera, sin las redundancias y generalidades que marcan a las generaciones, sigilosos, eso sí, atentos siempre a sacarle el golpe a la sobrevivencia, encontrándonos a veces y volviéndonos a perder. Aturdidos por la posmodernidad, arribamos a la democracia imperfecta que añora a la dictadura perfecta, el campo yermo que se agota y abandona en aras de la fantasía urbana, el miedo que se acomoda como un presentimiento… Pero, en la incierta aurora de cada día, que nadie hable de desaliento ni cancele su derecho a disentir: hemos llegado hasta aquí como debe ser, equilibristas en la cuerda floja del sobrevivir, sin perder la capacidad ni el deseo de soñar y de hacer, dispersa tribu de optimistas redundantes que en un verso de Sabines, en una novela de Fuentes, en una canción de Lavoe o Sabina, en cualquier otear del horizonte, ven reverdecer la nación inagotable de milagros cotidianos y, por eso, las esperanzas se renuevan cada mañana, porque no olvidamos que juntos “somos mucho más que dos”.


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