Escrito por el septiembre 21, 2022

Apuntes del fin de la historia y la democracia

El fin de la historia será un momento muy triste.
Francis Fukuyama

Menos de cuatro meses atrás había caído el muro de Berlín. Entre los pedazos de piedra que atesoraban los turistas y los eufóricos alemanes reunificados, estaban demolidos los ideales de la última generación que había intentado transitar una ruta alterna al capitalismo. Más que socialistas reales o comunistas utópicos, eran soñadores que despertaban a eso que Francis Fukuyama había nombrado “El fin de la historia”. Yo pensaba que todavía había que darles tiempo a algunas experiencias para verlas madurar y cosechar sus frutos de fraternidad, igualdad y justicia. A mis 26 años, desde las aulas universitarias y en algunos artículos, yo seguía dando la batalla para desmentir que junto con el final de la guerra fría había triunfado el liberalismo económico y político, como afirmaba sin rubores Fukuyama. Por eso, aquella noche de domingo, desde temprano había sintonizado diversas estaciones de radio para tener noticias de los resultados de la elección presidencial en Nicaragua, el último bastión de la esperanza.

La revolución Sandinista apenas llevaba una década en el poder y ya cruzaría su primera aduana democrática. Aquel soleado domingo 25 de febrero de 1990, se efectuaron las elecciones en las que doña Violeta Barrios de Chamorro, al frente de la Unión Nacional Opositora (UNO), intentaría arrebatar la presidencia de la República al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), representado por el bigotón y carismático Daniel Ortega Saavedra. Unos días antes, el cierre de campaña del FSLN había sido apoteósico y el de la UNO más bien discreto. Además, las encuestas colocaban a Daniel Ortega por encima del 50 por ciento de las preferencias electorales, de manera que había motivos fundados para confiar que, en esta parte del mundo, seguiríamos edificando una sociedad diferente, amenizada por la música del Cristo de Palacagüina, de Carlos Mejía Godoy, y el ritmo de los epigramas de Ernesto Cardenal.

En 10 años, el gobierno del FSLN logró reducir el analfabetismo del 50 al 13 por ciento; implementó la gratuidad en los servicios de salud; logró disminuir la pobreza; impulsó una reforma agraria; adoptó la equidad de género, entre otras acciones de justicia social, a pesar del acoso militar de la Contra, milicia paramilitar financiada por el gobierno norteamericano. Así que, con firme optimismo, desde las ocho de la noche, acompañado por un café y muchos cigarros, acomodé mi certidumbre en espera del desenlace electoral. No tenía dudas de que el pueblo bueno y sabio nicaragüense ratificaría a Daniel Ortega para que continuara la transformación revolucionaria. No sé, pero al paso de los minutos y de las horas, me cayó el desánimo y, después de la cena, dejé el café y aguanté la espera acompañado de “Juanito El Caminero”. Ya era madrugada del 26 de febrero cuando, mientras escuchaba por enésima vez “Canción urgente por Nicaragua” de Silvio Rodríguez, el Consejo Supremo Electoral anunció que la candidata de la UNO ganó con el 54 por ciento de los votos al candidato del FSLN, que obtuvo el 40 por ciento.

El balde de agua fría fue una lección: en democracia, el pueblo bueno y sabio puede equivocarse. Y, como nos enseñó la misma Nicaragua, en democracia el pueblo puede rectificar y volver a equivocarse.

El problema es cuando, usando a la democracia, se hace del poder un sátrapa y destruye el siempre débil entramado institucional democrático, cancelando el inalienable derecho del pueblo a elegir a sus gobernantes. El FSLN, a pesar de provenir de una revolución, fue capaz de aceptar las reglas de la competencia electoral y entregó el poder cuando perdió en las urnas.

Lo mismo sucedió con la UNO, surgida en democracia y respetuosa de las reglas. 16 años después retomó la presidencia Daniel Ortega y, en lugar de perfeccionar el sistema democrático, lo acomodó de forma que las elecciones libres y el ejercicio de los derechos que viven y alimentan la democracia fueron suprimidos.

El FSLN cercenó “las atribuciones de otros poderes del Estado, poniéndoles bajo su órbita de acción, conformado así una verdadera dictadura”, afirma el dictamen por el que este partido fue expulsado de la Internacional Socialista. No hubo en Daniel Ortega un propósito restaurador de las causas socialistas que animaron a tantas conciencias en el siglo 20. Al contrario, “sucumbió al caudillismo, al oportunismo ideológico y al enriquecimiento personal, ejerciendo un control familiar sobre las instituciones del Estado —asignando, incluso, a su esposa como vicepresidenta”.

Aunque deberíamos estar adentrándonos en el periodo “poshistórico”, en el que, según Fukuyama, prevalecerá “la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”, lo cierto es que estamos atestiguando una regresión hacia formas autoritarias despojadas de narrativas ideológicas y ancladas a liderazgos mesiánicos y populistas que manipulan los nacionalismos, el rencor social y la ignorancia colectiva. Donald Trump, en Estados Unidos; Daniel Ortega, en Nicaragua; Vladimir Putin, en Rusia; Nayib Bukele, en El Salvador, son unos pocos ejemplos del furor autoritario que recorre el mundo, donde cada vez son más los líderes dispuestos a romper las reglas, a someter a las instituciones, a suprimir los contrapesos del poder, a socavar los fundamentos de la mejor forma de organización política que nos ha dado la historia: la democracia liberal.

Cito a Román Revueltas Retes: “La democracia no resuelve todos los problemas sociales ni asegura tampoco el automático bienestar de los ciudadanos. Pero, caramba, es el mejor antídoto para evitar que sujetos de la calaña de un Putin no se perpetúen en el poder y que no se salgan impunemente con la suya cuando traspasan los límites de la decencia”. No nos distraigamos. Ya vimos que ni en la poshistoria la democracia está libre de amenazas.


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