Escrito por el septiembre 10, 2022

Apuntes de un amanecer lluvioso


Atribuyo mis alteraciones del sueño a las secuelas de la Covid-19. Hasta antes de padecer esa enfermedad no recuerdo haber padecido despertares en las altas madrugadas, sino todo lo contrario: dormía profundo y largo, de ser posible hasta entrada la mañana. Igualmente, el virus me contagió de altas dosis de ansiedad, de depresión profunda, de miedos inexplicables.

Aunque me gusta vestir el traje de la despreocupación, lo cierto es que son muchos los días que he vivido en la impostura de una tranquilidad aparente. Y es que, desde siempre, no soy de los proclives a compartir sus aflicciones y, al contrario, me gusta alentar a los desanimados; pero, acepto que la pandemia, la edad, la vida misma, han horadado mis invisibles fortalezas. En consecuencia, tuve que recurrir a los servicios de mi médico, quien me recetó una batería de chochos para alejar temores y recuperar la tranquilidad, normalizar el sueño y las alteraciones de la presión arterial. Eso fue hace varios meses.

Terminé el tratamiento y me armé de valor para enfrentar mis afectaciones sin ayuda de placebos o ansiolíticos naturistas. Y ahí voy. Todavía en ocasiones despierto recién entrada la madrugada y sufro el acoso de pensamientos fúnebres, pero regularmente lo hago como a las 5 am, cuando la desesperante espera del amanecer es menor. Entonces, enciendo la radio del teléfono celular y dormitando escucho los programas de noticias y recuerdo que este es un hábito que padecía mi padre o más bien era la rutina de los hombres y mujeres de mi infancia. Sí, desde el fondo de la memoria me vienen el sonido del trajín y los olores del fogón que antecedían la alborada, de esos tiempos en que la vida iniciaba temprano porque, quizás, los días eran breves o había que sacar más provecho a las horas. A veces, esto me hace reflexionar con pesimismo que, acaso, transito una etapa regresiva o el retorno cíclico que enuncia algún poema de Borges.

He leído que es bastante normal que el desánimo y los sentimientos depresivos estén rondando en busca de alguna grieta por donde colarse, pero creo estoy aprendiendo a espantarlos: los imagino como a esas papalotas negras que a veces entran a casa y hay que amenazarlas para que se vayan. Así, cuando veo acercarse los nubarrones de mala vibra, sacudo la cabeza y me digo no, hoy no, aunque el día esté nublado, nada de marchitar el entusiasmo. Y, entonces, me pongo la ropa de las tardes soleadas, de las fechas de fiesta, y salgo a buscar el optimismo en cualquier parte de mi archivo íntimo, de mis rutinas. En esto ando, buscando la normalidad perdida.

A veces no sé cómo llego a estos textos que resultan una especie de exorcismo para expulsar mis malos humores. Pero, hoy sí conozco el origen de esta catarsis: amanecí con nublados y lluvias más parecidos a los de Palizada que a los días grises londinenses, y leí un artículo de Rafael Pérez Gay que es la neta sobre esto de las ansiedades. Léanlo. Está en Milenio.


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