De Alito y su laberinto

Escrito por el agosto 4, 2022


Pues, aprovechando el remanso en que se ha acomodado el tema de los avatares por los que transita el presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, dejaré por aquí algunos apuntes sobre Alito. Y es que es importante acercarse a la carrera política de Alejandro Moreno para entender algunas pautas de la ruta que ha seguido ante la crisis en que lo metió el ataque mediático de que ha sido objeto. Empezaré con una afirmación temeraria: nadie puede regatearle méritos partidistas al vapuleado dirigente priista.

Este priista llegó hasta la cúspide partiendo desde lo más profundo de las bases del partido: la mayor parte de su vida ha transcurrido en la grilla partidista y, si se me permite, más allá de vicios y virtudes, Alito es fruto del más ortodoxo modo priista de hacer política. A diferencia de otros personajes que incursionan en las altas esferas del poder gracias a afortunadas relaciones familiares o políticas, Moreno subió peldaño a peldaño la larga escalera de la carrera partidista. Su caso es el del clásico “aspiracionista” que con disciplina y “carácter” (palabra recurrente en su léxico) fue alcanzando una a una sus metas y haciendo realidad su proyecto de vida, todo ello dentro de un mismo partido.

La trayectoria del dirigente priista tampoco se parece a la de algunos de sus antecesores que llegaron con blasones académicos e intelectuales. Alito está muy lejos de ser un intelectual y su discurso es más bien elemental. No proviene de las aulas sino del barrio; más que leyendo teoría, Moreno Cárdenas se formó en la política real de su partido; picó piedra, tocó puertas y cuando no se abrieron las tiró a patadas (como confesó alguna vez un ex presidente del CEN del PRI). Es memorable la frase con que lo describió, ya siendo gobernador, el ex presidente Peña Nieto: “es capaz de matar un burro a pellizcos”. Entonces, por encima de ideologías, alcanzó el liderazgo priista como fruto de un pragmatismo con el que tejió probablemente alianzas impensables, asumió onerosos compromisos y, seguramente, cuando fue necesario, quebró arreglos que entorpecían su ruta de ascenso.

Desde los ya lejanos tiempos de líder juvenil municipal, Alito se abrió camino a pesar de las intrigas y del canibalismo habitual en la competencia política partidista. Con un olfato o intuición privilegiados para entender y comprender las erráticas e intrincadas reglas de la política priista, la carrera de Moreno Cárdenas fue de crecimiento constante: lo suyo siempre ha sido ascender, subir, ir adelante. Su historia no registra retrocesos y, en ese andar hacia la cúspide, fue llevando de la mano a muchos y muchas, tejió el denso conjunto de relaciones personales, en todo el país, que hoy le permiten atrincherarse dentro del partido, desafiar a quienes reclaman su renuncia y enfrentar a los enemigos nuevos y a los que hizo durante su ascenso. En efecto, por su formación en la arena de los golpes de la política, Alejandro es un hueso duro de roer y, desde luego, no está en su genética amilanarse. Por eso, ante la andanada mediática y la amenaza judicial, su respuesta ha sido embestir al enemigo mayor, apuntar sin ambages al huésped de Palacio Nacional.

Más allá de la divulgación ideológica, al revisar los discursos como presidente del PRI, es claro que Alito ha procurado ser un motivador de la militancia priista; con su discurso ha intentado inculcar, a los miles de militantes y simpatizantes que lo han escuchado, la certeza de que el partido será, como lo fue durante muchos años, un instrumento para transformar la realidad de quienes lo escuchan, un espacio de oportunidad para el desarrollo personal y una vía de movilidad social. Eso explica por qué no son pocos los leales al presidente del PRI que apuestan por su reconversión de víctima a héroe. Además, en los últimos meses, para la gran mayoría de los priistas –y ahora para cada vez más ciudadanos con o sin filiación partidista- el audio escándalo es una estrategia desde el poder para linchar en los medios a su líder y, en tal sentido, el descrédito no permea en la militancia; al contrario, el priismo ha afianzado su posición alrededor del golpeado dirigente.

Y aquí hay algo interesante que señalan los especialistas: después de meses de sufrir el daño de las ilegales grabaciones que alimentaron el morbo nacional, las heridas comenzarán a cicatrizar y el perjuicio mediático empezará a revertirse. Es decir que el tiempo empieza a correr a favor del ogro que, vilipendiado, pateado, revolcado en el lodo; reivindicará su papel de víctima propicia de la lucha por los derechos y las libertades de todos los mexicanos.

Creo que a Alito le sobra tiempo. Alejandro Moreno Cárdenas es un político maduro, curtido en la brega del poder, pero joven, una característica de la que adolecen algunos de sus más acérrimos adversarios. En tal sentido, este político podrá modificar sus estrategias, modificar sus plazos y mantener intactas sus metas.

Es conveniente incorporar a cualquier análisis la permanencia de Alito al frente del partido: en este momento, su renuncia significaría el triunfo de la campaña orquestada no solo en contra de su persona, sino en contra de la unidad del PRI, en contra de la alianza Va por México y, seguramente, en contra de las instituciones garantes de nuestro sistema democrático. Es totalmente previsible, entonces, que Morena Cárdenas siga atrincherado en la dirigencia nacional de su partido para, desde ahí, continuar su defensa y su contraofensiva.

Igual que los porteros que sin suerte son malos guardametas, Maquiavelo enseña que el éxito de un político depende en mucho de la Fortuna. Y he escuchado a muchos de sus conocidos afirmar que Alito es un político con suerte. En los últimos días su silencio es equiparable al del Martes del Jaguar. Seguiremos atentos al conflicto.


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